"El juego como expresión para prevenir la depresión" por Diana Rivera.

En Chile las muertes por suicidio empiezan a subir en septiembre. Y hay algo que sabemos quienes dictamos clases en talleres artísticos: cuando la gente juega, baja la guardia y cuenta cosas que no cuenta en ninguna otra parte: ¿estamos preparados para escucharlas?
Escribí hace unos días que en Chile la primavera no florece para todos, y que la alegría de las mariposas revoloteando arriba de los aromáticos jazmines, genera un contraste muy alto para quienes vienen arrastrando un ánimo marchito. Así lo describe el Ministerio de Salud, y también un análisis del registro de defunciones entre 1990 y 2023: las muertes por suicidio en Chile tienen estacionalidad anual, con alzas que empiezan justo ahora.
Cada vez que aparece una cifra así, la conversación se va rápido hacia los psiquiatras y los psicólogos. Sabemos que no hay suficientes profesionales, horas, coberturas o presupuestos. Pero si esperamos que esto lo resuelva únicamente el sistema clínico, vamos a seguir esperando.
A mí me interesa otra pregunta, ¿qué hacemos el resto de los profesionales?, ¿qué hace el tejido social frente a una problemática que necesita contención desde varios frentes. Aquí va una pregunta dirigida a todos los que trabajamos con personas sin ser clínicos: ¿de qué nos hacemos cargo nosotros?
Hay un estudio sobre la felicidad de 1938 de la Universidad de Harvard, el estudio más largo que existe sobre la vida adulta. Después de casi noventa años, el hallazgo más consistente sobre qué nos hace felices, nada tiene que ver con el dinero ni con los logros. Fueron las personas más satisfechas con sus relaciones interpersonales a las más sanas. Los vínculos son lo que sostiene una vida.
Se cita mucho y se suele entender como un consejo: cuida tus relaciones. Pero poco socializamos sobre cómo se construyen los vínculos sanos y gratificantes. La respuesta lleva siglos delante nuestro y desde que los televisores, computadores y celulares llegaron a nuestras vidas, nos hemos ido desconectando de esto. Se aprende jugando.
Maturana y Verden-Zöller titularon su libro «Amor y juego» porque para ellos son la misma cosa mirada desde dos lados. El amor, dice Maturana, es la emoción que constituye al otro como un legítimo otro en la convivencia, el juego es donde eso ocurre: en la aceptación mutua total, en donde construimos la conciencia de sí y la conciencia social. No aprendemos a vincularnos porque nos lo expliquen. Lo aprendemos jugando.
Asimismo, la Academia Americana de Pediatría publicó en 2018 un informe clínico sobre el juego que reafirmó este año. Su conclusión es incómoda para quienes lo tratan como recreo inútil: el juego construye cerebra. Desarrolla funciones ejecutivas, protege del estrés gracias a los vínculos seguros que genera, y mejora el lenguaje y las habilidades sociales.Johan Huizinga escribió en 1938, el mismo año en que empezó el estudio de Harvard, que la cultura no produce el juego, sino que surge en forma de juego. Dos caminos muy distintos para decir lo mismo: jugar juntos es la forma más antigua que tenemos de hacer comunidad.
Cuando un grupo juega pasan cosas que no pasan en una reunión. Los cuerpos se acercan, la risa se contagia, alguien se atreve a proponer una tontera y el resto la sigue. Eso es tejido social ocurriendo en tiempo real.
Cuando decimos cultura solemos pensar en las artes, y son cosas distintas. La cultura es la manera en que una comunidad vive: cómo celebra, cómo cocina, cómo cría, cómo recuerda a sus muertos, cómo se relaciona. El cuadernillo «La escuela como espacio cultural», publicado el año pasado por el Ministerio de las Culturas junto a la OEI, cita una definición que llevo días dando vueltas: las culturas son un entramado de significados, símbolos y prácticas que configuran la experiencia humana y refuerzan los lazos comunitarios.
Las artes son los lenguajes con que ese entramado se manifiesta y se narra. Y si uno las mira de cerca, cada una es una forma de jugar. La música es jugar con el sonido. La danza es jugar con el cuerpo en el espacio. La literatura es jugar con la narración. El teatro es jugar a ser otro delante de otros. El juego ocurre cada vez que observamos seres humanos u otros animales involucrados en el disfrute de lo que hacen como si su hacer no tuviera ningún propósito externo.
Por eso las artes son el juego que mantiene viva a la cultura. El mismo cuadernillo lo dice sin rodeos: son parte esencial del tejido cultural. En un taller artístico o colectivo ese juego ocurre todas las semanas.
Voy entonces a lo que me importa, y lo digo con cuidado porque es delicado: quienes hacemos talleres de teatro, de música, de danza o de artes visuales con niños y jóvenes sabemos algo que rara vez se conversa: en esos espacios aparece lo que no aparece en otros. Aparece porque el juego relaja las defensas. Una escena improvisada sobre una familia termina contando una familia real. Un ejercicio de personajes se convierte en el relato de algo que está pasando. Y a veces, entre risas, alguien dice algo que no le ha dicho a nadie.
He escuchado a estudiantes hablar de su ideación suicida en medio de un ejercicio, camuflada en un juego, dicha como si fuera del personaje. Estoy segura de que no soy la única. Cualquier profesor que trabaja con el juego sabe de lo que hablo.
Eso convierte a los espacios artísticos en algo más que una actividad extraprogramática. Son, de hecho, lugares donde la gente habla. Y si son lugares donde la gente habla, entonces quienes los sostenemos tenemos una responsabilidad que nadie nos enseñó a ejercer.
Para una rodilla raspada todos tenemos algo en la casa. Para lo otro, no. Hacer terapia no nos corresponde y sería peligroso. Lo que digo es más básico: cuando alguien se abre en tu taller, tú estás ahí. No está el psicólogo, no está el psiquiatra, no está la red. Estás tú, y lo que hagas en esos cinco minutos importa. Puedes acompañar sin apurarte, sostener el momento y después derivar bien. O puedes asustarte, cambiar el tema y cerrar la puerta que se había abierto y que podría ser la diferencia de salvarle la vida a alguien.
La diferencia entre una cosa y la otra es saber qué hacer. Esto no lo resuelve nadie por su cuenta. Si el juego construye vínculos y los vínculos protegen la salud, entonces hay dos formaciones que nos están faltando a ambos lados de la misma mesa.
A los docentes y a quienes hacemos educación artística nos falta saber de emociones. Lo suficiente para reconocer lo que aparece en la sala, acompañarlo sin asustarnos y derivar cuando corresponde. Evadir, diagnosticar o hacernos cargo de una persona no nos toca. Hoy eso lo aprendemos a los golpes, en la práctica, cada uno por su lado.
A los psicólogos, terapeutas y equipos de convivencia les falta conocer los lenguajes artísticos como metodología lúdica para trabajar emociones. Hablo de una herramienta que hace aparecer lo que estaba guardado, no del juego de relajo del final de la sesión.
Cada uno tiene la mitad que al otro le falta. Pero, seguimos trabajando en paralelo, derivando de un lado a otro, sin sentarnos nunca en la misma reunión. Sentarnos a la misma mesa no cuesta plata. Trabajar de forma colaborativa e interdisciplinaria se dice mucho y se hace poco.
Este 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, y el lema del trienio es «Cambiar la narrativa», con un llamado a comenzar la conversación. Se suele entender como permitirnos hablar del tema sin estigma, que ya es bastante.
Pero yo creo que hay otra narrativa que cambiar, y es la de cómo nos estamos vinculando. Si lo que protege son los lazos, y los lazos se construyen jugando, entonces todo espacio donde una comunidad se junta a crear algo funciona como infraestructura de salud mental.
Esa definición de las culturas como entramado que refuerza los lazos comunitarios no la escribí yo: está en un documento del Estado. Y la Organización Mundial de la Salud publicó en 2019 la revisión más completa que existe sobre el tema, concluyendo que las artes cumplen un rol importante en la prevención de la enfermedad y en la promoción de la salud a lo largo de toda la vida.
Todo el presupuesto de cultura en Chile equivale al 0,56% del presupuesto de la nación. Menos de un peso de cada ciento cincuenta. Y este año, a ese 0,56%, se le recortó cerca de un 10%.
Entonces mi pregunta es simple y no la puedo responder sola. Si la cultura refuerza los lazos comunitarios, y los lazos son lo que más consistentemente protege la salud de las personas, ¿qué estamos decidiendo cuando recortamos cultura?
Nadie ha medido esa cadena completa. Tenemos cada eslabón por separado y no el recorrido entero: menos presupuesto, menos programación, menos encuentro comunitario, y después qué. No lo sé, y no me corresponde saberlo sola. Me gustaría que sociólogos, epidemiólogas e investigadores en salud pública nos sentáramos a diseñar ese estudio. Tenemos el registro de defunciones del DEIS, tenemos la Encuesta Nacional de Participación Cultural y tenemos datos territoriales. Es una pregunta que se puede investigar.
No quiero terminar solo con una pregunta abierta, porque cada septiembre hay gente pasándolo mal mientras discutimos presupuestos.
Escribí un Protocolo de Co-Regulación Emocional y lo dejo disponible para descarga gratuita. Es una guía para acompañar a alguien que está atravesando una emoción cotidiana intensa: sirve para profesoras, talleristas, cuidadores, líderes de equipo y también para parejas. No es un manual clínico y no pretende serlo.
Un aviso que está en su primera página y que quiero repetir acá: este protocolo no está indicado para contenido traumático, crisis disociativas ni ideación suicida. Cuando eso aparece, lo que corresponde es acompañar sin dramatizar y derivar a un profesional. En Chile la línea *4141 está disponible las 24 horas, y conviene tenerla anotada antes de necesitarla.
Diana Rivera Martinic
Actriz, docente y directora teatral. Licenciada en Estética, Facultad de Filosofía PUC. Especialización en Teatro y Educación, U. de Chile. Coach en Psicología Positiva. Instructora certificada en Alba Emoting. Co-fundadora de La Teatral Chile. Cursando Magíster en Dirección y Liderazgo Educativo UNAB.
Referencias
Fancourt, D. & Finn, S. (2019). What is the evidence on the role of the arts in improving health and well-being? A scoping review. Copenhague: Oficina Regional para Europa de la OMS.
Huizinga, J. (1938). Homo Ludens. Madrid: Alianza Editorial.
Maturana, H. & Verden-Zöller, G. (1993). Amor y juego: fundamentos olvidados de lo humano. Santiago: Instituto de Terapia Cognitiva.
Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio & OEI (2025). La escuela como espacio cultural. Santiago.
Waldinger, R. & Schulz, M. (2023). Una buena vida. Barcelona: Planeta. Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard.
Yogman, M. et al. (2018). The Power of Play: A Pediatric Role in Enhancing Development in Young Children. Pediatrics, 142(3).
Etiquetas: salud mental · prevención del suicidio · juego · teatro y educación · vínculos · gestión cultural · comunidades educativas




Comentarios